Unidad doc. simple FUR-CC - Cuadro de clasificación

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Código de referencia

FUR-FUR-CC

Título

Cuadro de clasificación

Fecha(s)

  • 06/08/2026 (Creación)

Nivel de descripción

Unidad doc. simple

Volumen y soporte

1 archivo pdf

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Nombre del productor

(1889-1974)

Historia biográfica

Es el año 1905, y es en Aragón, en el antiguo monasterio de Veruela, donde el novicio Guillermo llega desde Córdoba para iniciar los estudios de humanidades. Años antes, dos sacerdotes, el padre John Sheehy y el jesuita Hurley, habían encendido en aquel niño santafecino de padres irlandeses, el fuego del catolicismo. Ahora está allí con su irlandés de origen (único idioma que habló hasta los trece años) envuelto de hispanidad, con la juventud protegida por la Compañía de Jesús y por las sierras de Moncayo. La estancia de cuatro años lo acercó al hálito romántico que los hermanos Bécquer perpetuaron en ese lugar de ensueño; pero fue muy cerca, en Tortosa, donde Guillermo Furlong vislumbró el resplandor que lo convocó toda su vida: biblioteca – archivo – historiador, he ahí la trilogía que se abrió para Furlong en la Colegiata de Tortosa de la mano de otro sacerdote, Ramón O'Callaghan y Forcadell, un erudito canónigo de exquisitos conocimientos paleográficos, quien había sido director del archivo capitular, archivero municipal y cronista de Tortosa; amante de libros, documentos, bibliotecas y escritor. Dejó impreso su libro Los códices de la catedral de Tortosa (1897), y dejó impreso, además, en el alma del joven Guillermo de veinte años, una pasión y un gesto: la pasión por el estudio minucioso de documentos antiguos para narrar la historia, y el gesto de la catolicidad hispánica sembrada en la espiritualidad occidental. Cuando en el año 1911 el padre O'Callaghan fallezca, Furlong ya se encuentra en Estados Unidos para comenzar sus estudios de filosofía, y para dar cauce a ese ahínco que, en solo dos años (1909-1910), el anciano sacerdote Ramón O'Callaghan había logrado sembrar en la sangre joven: el amor por las bibliotecas hispanoamericanas. En efecto, además de cumplir con sus estudios en el Woodstock College, Guillermo vivirá sus horas de “descanso” en la Library of Congress de Washington, en la Peabody Library, en la Enoch Pratt de Baltimore, en la New York Public Library o en la Hispanic Society Library de Nueva York. Bibliotecas y más bibliotecas.
En el año 1913 concluye su doctorado de filosofía en la Georgetown University de Washington y regresa a Buenos Aires, donde ejercerá como profesor de lenguas clásicas en el Seminario de Devoto. La semilla que había sido plantada en tierras españolas es abonada ahora en Argentina por el historiador español Vicente Gambón, S.J., y por Enrique Peña (sucesor de Bartolomé Mitre en la presidencia de la Junta de Historia y Numismática Americana), quien le ofrece la consulta de su privilegiada biblioteca, lo impulsa decididamente hacia la investigación histórica y le aconseja: “No lea libro alguno de historia, pero vaya y trabaje en los archivos”. Entonces vuelve a nadar en sus aguas, e investiga en el Archivo General de la Nación donde conocerá a historiadores y archiveros criollos: José Juan Biedma, Ernesto Nelson, Ricardo Rojas y Rómulo Naón.
Desde 1915 y durante cuatro años ejercerá la docencia en el Colegio del Salvador, asumiendo las clases de historia argentina y de inglés hasta que, en 1920, viaja nuevamente a España para iniciar sus estudios teológicos en el Colegio Máximo de Sarriá. El canto de los archivos lo sigue seduciendo y hasta 1925 pasará los veranos en archivos de Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, Suiza. En el Archivo General de Indias de Sevilla conoce al eminente historiador argentino José Torre Revello y al padre Pablo Castells, S.J, quien había conformado un equipo de amanuenses destinado a recopilar las fuentes de Nueva España en el vasto archivo sevillano, con el fin de reconstruir el pasado ignaciano en México. Bibliotecas, bibliotecas, archivos, bibliotecas y más archivos.
Entre 1926 y 1929 será profesor de literatura castellana, apologética, historia argentina, instrucción cívica e inglés en el Colegio de Salvador de Buenos Aires.
La publicación de su primer libro de temas históricos Glorias santafesinas (1929) da inicio a su feraz producción bibliográfica cosechada en libros, opúsculos, artículos, comentarios y varios, varios etcéteras. Las prácticas escriturarias de Furlong de utilizar diversos seudónimos (cerca de cuarenta y ocho), o de hacer circular sus trabajos bajo el anonimato, vuelven imposible concluir con precisión sobre el número de documentos originados por su pluma.

Entendemos que la intensa vida epistolar de Guillermo Furlong debió articularse no solo con sus cuantiosas horas de estudio tenaz, sino también con su decidida participación en el desarrollo y la vida cultural argentina: fundó con el Dr. Miguel J. Petty el Consorcio de Médicos Católicos de la República Argentina (1929), colaboró con el Dr. Atilio Dell’Oro Maini en la fundación del Ateneo de la Juventud (1930), durante once años fue capellán católico del Hospital Británico (1935-1946), participó del II Congreso Internacional de Historia de América (1937), fue designado miembro de número de la Academia Nacional de la Historia de América (1939), dirigió la revista El Salvador (1939-1940 y 1944-1954?), fue asesor general de la Juventud de la Asociación Católica Argentina (1940), promovió y participó de la fundación de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina (1942), dirigió la revista Archivum (1959-1974) y la revista Estudios (1947-1952), participó de la fundación de la Academia Nacional de Geografía (1956) de la que fue presidente en 1957, 1962 y 1974, también en esos años dirigió la revista Anales, fue miembro titular en el Instituto de Cultura Hispánica (1970).
El tiempo silencioso e indeclinable fue dejando muy lejos los laboriosos días en los que el irlandés James Furlong y su esposa galesa Anne Cardiff, llegaban a la Argentina para trabajar las tierras de una chacra en Arroyo Seco. No podemos saber cuáles fueron las palabras que esa pareja de inmigrantes dedicó durante la crianza de sus once hijos. Pero conocemos con certeza que uno de ellos, Guillermo, abrevó también en ese origen un inagotable amor al trabajo, el ascetismo y la esperanza incondicional en los frutos del esfuerzo. Ésos fueron los maderos de la cuna que parecen seguir acunando su imagen final: allí vemos, en la modesta habitación no. 13 provista de una cama sencilla y dos sillas, a un historiador apasionado por archivos y bibliotecas; está con su lupa y lee todo tipo de documentos libros, mapas, papeles, manuscritos, cartas, trabajos de alumnos que se despliegan sobre su escritorio.
Una habitación austera para el “obrero de la historia” que, el 20 de mayo de 1974, ya no lo vio regresar.

Historia archivística

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Alcance y contenido

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